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A pocos centímetros bajo tierra

AMEZKETA. DV. «¿Cuántas hay? No lo sé, habría que contarlas». Jose Agirre es el párroco de la iglesia de San Bartolomé. Acaba de finalizar la misa mayor de la festividad de Todos los Santos, una eucaristía que este día tan señalado congrega una excepcional cantidad de fieles. Con infinita amabilidad, don Jose, que es como le llaman en Amezketa, nos acompaña por la nave del templo. Y empezamos a contar. Si en cada fila hay siete, dos por cada lado, y hay diez hileras... «Habrá unas 140 sepulturas», concluimos.

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Argizaiolas y sillas sobre tumbas, en la Iglesia parroquial de San Bartolomé


Cada argizaiola y su correspondiente silla pertenecen a la familia del difunto o difuntos que descansan en la tumba sobre la que se sitúan. [Tex. y foto: Peio Etxekar]. Fotografía adquirida por el Museo Euskalerria (Gernika) para su exposición permanente en el espacio dedicado a mitos y leyendas vascas


Amezketa es una de las pocas localidades guipuzcoanas, sino la única, que guarda la tradición de las argizaiolas sobre los yarlekus (o tumbas), vestigio de una prática que antaño era mucho más común. Cuenta don Jose que hace siglos los difuntos eran enterrados en el mismo templo, debajo de unas anchas tablas de madera que hoy día se conservan en vistoso estado y que siguen despertando la curiosidad de mucha gente. Cada familia, antes ligada al caserío, tenía su propia sepultura, y allí se colocaba la silla en la que la etxekoandre recordaba al difunto. Para ello, apoyaba sobre la sepultura una argizaiola, una tabla de madera que sirve para enrollar la cera y mantenerla encendida durante las ceremonias religiosas. ¿Y qué simboliza? «Es la luz que acompaña a los difuntos en su camino hacia el cielo», explica don Jose.

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una de las tumbas de la Iglesia de San Bartolomé


Son las once y la carretera que conduce a Amezketa desde Alegia soporta un considerable tráfico para tratarse de un día festivo. «Ese día suele ir mucha gente», habíamos oído. Es cierto. Queda media hora para que comience la celebración religiosa y ya hay mujeres sentadas en sus sillas correspondientes, identificadas con el nombre o el apellido familiar. Hay varios fotógrafos dentro del templo. Entre ellos, el popular confitero tolosarra Jose Mari Gorrotxategi, que acompañado de su hijo, trata de inmortalizar la imagen de unas argizaiolas.

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Panorámica del interior de la Iglesia de San Bartolomé


Poco a poco, la iglesia se va llenando. Cada vez hay más velas encendidas. «Es una tradición que hemos vivido desde niños», cuentan dos tocayas, de nombre Teresa, que se sientan en las sillas traseras. Porque bancos, como los que hay en casi todos los templos, sólo hay unos pocos (ocho filas) y en la parte más cercana al altar. El resto los ocupan las sepulturas de madera, cada una con su correspondiente argizaiola. «Las solemos encender todos los domingos durante la misa mayor. Y luego en la misa vespertina de los lunes», explican. Para ello cuentan con mecheros o cajas de cerilla que reposan sobre las argizaiolas. «A veces encendemos las de al lado o las de toda la fila», comentan.

La imagen que presentaba ayer la iglesia de San Bartolomé no es, ni de lejos, la habitual. «Los lunes, como mucho, venimos unos 16. Y de normal, unos 10», comenta Eustasi Sagastume, la encargada de preparar las argizaiolas.

Hasta no hace mucho Eustasi regentaba una tienda de comestibles en Amezketa. Desde el ultramarinos proveía a sus vecinos, mejor dicho vecinas -porque son ellas las que siguen manteniendo viva la tradición-, de los largos hilos de cera. Y ella misma los enrollaba, y sigue haciéndolo, en las tablas de madera. Una habilidad que heredó de su madre, que fue serora. Eustasi asegura que la tarea no entraña muchos secretos. «Primero suelo limpiar la tabla. La caliento un poco y le quito los restos de cera. Luego caliento la cera en el fuego. Un poco, justo para que pierda la rigidez. Y la voy enrollando». En total, poco más de cinco minutos de trabajo que iluminarán las sepulturas durante cerca de cinco meses. «Es lo que suelen durar, más o menos». Actualmente, la cera la compran en Pamplona. Bueno, en la sacristía. «Gotea menos. Se trae para todos y la cogemos aquí mismo, a 5 euros», explica Teresa. Don Jose confirma que en la capital navarra localizaron un apicultor que realiza cera natural y que traen remesas para todos.


Una tela negra

La cera es la misma, pero no las argizaiolas. Algunas son sencillas y otras están profusamente decoradas. La gran mayoría consiste en una tabla, pero las hay, las menos, con cuatro patitas. «No son tan habituales porque antes se solía poner un cestito sobre la sepultura con la argizaiola. Y las de patas no iban bien». En Amezketa también mantienen viva la tradición de colocar un paño negro debajo de la argizaiola. Ayer había pocas. «Son de los que tienen familiares fallecidos recientemente», cuenta el párroco.

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Don José Agirre.


Al final de la eucaristía -que reúne a muchos oriundos de Amezketa y a varias generaciones-, los fieles dejan unas monedas sobre las tablas de madera. «Es para el responso. Antes como había muchos curas rezaban en cada sepultura. Ahora dejamos el dinero para que lo recojan». Y así se hace. Acaba la misa y se apagan las velas. Hasta la próxima.

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Vista exterior de la Iglesia de San Bartolomé.


Fonte: http://xanjuarte.mforos.com/332836/3800 ... -amezketa/